A ellos el futuro no les importaba mucho, porque tenían además un contrato blindado basado en los éxitos del presente y del pasado reciente. Eran los Ronaldinhos del fútbol: gano mi prestigio, firmo un jugoso contrato, y luego no me preocupa mucho cuidar la verdadera salud del banco a largo plazo.
Y ahí está el quid del problema: los directivos de los bancos no pierden mucho si se equivocan en su análisis de riesgos a largo plazo, pero ganan mucho si a corto plazo su gestión parece buena.
El propio sistema incentiva eso, como ya han explicado grandes economistas en algunos de los mejores libros de divulgación aparecidos últimamente: Paul Krugman habla de ello en su libro "El gran engaño" (os recomiendo el capítulo titulado "Capitalismo de amigotes"); y Tim Harford habla de los riesgos excesivos que corren los especuladores en "El economista camuflado", en el capítulo "Los hombres que no conocían el valor de nada".
Pero la teoría original que explica la ignorancia de los accionistas respecto a las decisiones de los directivos es de John Kenneth Galbraith, quien en su libro "El nuevo Estado industrial" explicaba por qué los directivos ("tecnoestructura") manejan una información que los propietarios desconocen. Además, el objetivo de los directivos es el corto plazo, los beneficios rápidos que les permiten firmar mejores contratos y aumentar su prestigio.(aquí podéis encontrar un sencillo resumen de la teoría de la tecnoestructura).
Si -como dice Galbraith- lo que preocupa a los directivos es su prestigio, ¿cómo hacer que "paguen" por su mala gestión? Propongo un registro público de malos directivos, al que todo el mundo tenga acceso y en el que figuren todos los altos cargos de los bancos que han quebrado. ¡A mi no me gustaría tener como vecino a un maltratador del dinero ajeno!
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